Las otras noches, una noche de las noches pasadas, estaba algo triste, cuestión que no es rara pero tampoco habitual, recordé que me quedaba un resto de un vino que había tomado con una amiga en una de las noches anteriores y sin dudar fui a buscar el resto y acabar solo, lo que había comenzado a beber en compañía.
Me gustó la idea y sobre todo me gustó acabar con el vino.
Luego como el vino –recordemos que era sólo un resto- se acabó (o lo acabé), decidí –ya entonado el pico- tomar un coñac (otra cosa es cognac).
Cambié de copa (en realidad vaso por copa) y sirviéndome generosamente, cerré luego la botella y con la copa en la mano, me senté frente a la computadora y alterné:
Copa en la mano teclado sin tocar, degustar.
Copa sobre la mesa, coñac saboreado en boca, teclado tecleado y así fui escribiendo.
Como no tengo secretario de redacción que rechace lo que escribo, lo hice con absoluta libertad, la misma que tiene quien por allí se le ocurra leer.
Pensaba en la libertad, la tan mentada libertad humana, ¿Cuánto será verdad que podemos elegir libremente? no me fue fácil la respuesta, aparentemente todo era casual y yo jugando con mi “libre arbitrio” pero, “elegí” vino y coñac ¿por qué no vodka y fernet?
Me propuse dejar de lado el teclado –aquí me despido- y dedicarme sorbo a sorbo a deleitarme con lo que quedaba y prometí volver sobre el tema.
A la hora de actuar, actúa.
Escrito por Pepe Palermo 