Vivimos tan en el día a día que perdemos de vista la posibilidad de darle sentido a nuestra vida.
¿Tiene la vida sentido?
Probablemente no, de tenerlo difícilmente sea el de “adorar” a lo que fuere. No creo tampoco que se cumpla algún plan, ¿Quién habría diseñado tal plan? ¿Qué propósito tendría ese diseño?
Estamos vivos, ¿estamos vivos? Parece innegable, sobre todo cuando la muerte ajena nos pone frente a su cadáver. Lloramos por él. ¿Lloramos por él? No claramente todo es autorreferencial. ¿Todo? Y que alternativa, si somos quienes estamos preguntando, hasta el nosotros es una hipérbole, lo único concreto en “nosotros” soy yo. El mundo es así: “Todo lo demás” y yo. Yo absolutamente éste que soy, “lo demás” vaya a saber cuánto es.
Puedo dividirlo: animado, inanimado (la magia del in); conocido, desconocido (el encanto del des); estas son clasificaciones desde mi a los “objetos”. Puedo clasificar también incluyéndome con claridad en lo que califico/clasifico: lo querido y lo odiado. Pero aquí me encuentro con mi complejidad, no todo lo querido, mas la suma de lo no querido, hacen a la totalidad de lo existente, ni aún a lo existente conocido por mi, no todo es querido o no querido, también me puede ser indiferente.´
Metido en el mundo como observador participante voy tornando compleja mi clasificación de las cosas, que son complejas de por si, es decir al ir conociendo, no sólo descubro al mundo sino también a mi desconocimiento y al producirse junto a ello sentimientos y obrar con conciencia de ellos, todo inevitablemente lo que “observe” se complejiza en mi.
Hay un mundo infinito hacia afuera, que existe, más allá de mi existencia y hay un mundo infinito hacia adentro, que soy yo mismo, que existo, haciendo existir y existiendo desde allí. Soy un conjunto infinito abstracto, en lo concreto soy finito, incluido en un conjunto infinito, que solamente se me manifiesta por partes y que existe más allá de mi, pero yo dentro de él.
Todo ello es un sentido, de los tantos sentidos posibles, y en estos últimos minutos, que van dejando su ulterioridad en la medida que sigo siendo, he obrado para producir este sentido, que puede orientar mi vivir.
Surge así el preguntarme sobre la indiferencia. La indiferencia como sentimiento en mi, está en relación con no haber advertido la diferencia. El no haberme “metido en eso” que supuestamente me es indiferente. La indiferencia me dice de “mi” no participación, por impedimento material externo a mi o por no haberme dado la oportunidad de hacerlo.
Ni el canto rodado al lado del camino me será indiferente en la medida que lo tome en mi mano, al interesarme en él, lo guardaré como guijarro que me sorprende por ese encanto que tienen las vetas que se le insinúan, por esa forma asimilable a… y allí juega mi imaginación y metido como estoy nunca, ya nunca más será tan solo una piedra, será este pedazo del universo material que en una mañana de frío invierno (o caluroso verano) puse en mi mano al encontrarlo al salir a caminar.
También puede solo recibir de mí una consideración adversa y arrojarlo lejos y descuidadamente provocar un daño, será el instrumento con el que descubrí lo desatinado de mis acciones cuando actúo sin moderar mi conducta, dándole sentido a cada cosa que hago, desde respirar, que lo puedo automatizar pero no impedir, hasta amar que da para pensar en otra oportunidad.