Era ya casi anciano, o anciano, total todo es según quien lo diga y no según quien sea. Era de estatura mediana, la medianía era lo suyo y no sólo en la estatura, su nivel medio de inteligencia le había permitido sobrevivir pero no sobresalir, circunstancia a la que había convertido en virtud, decía preferir el bajo perfil, como si alguna vez alguien le hubiera conferido la posibilidad de acceder a otra opción.
Ya sus cabellos eran grises, o lo que quedaban de ellos, pero ignoraba si eran en verdad sus cabellos grises, o unos negros, y otros canosos, y en el entrevero sutil de los cabellos que le quedaban, los demás, y el mismo, veían el resutado de un planteo impresionista. Pero gris, gris era mejor para describirlo y también en este caso, no solamente en su cabello, gris.
Andaba solo en la vida, siempre anduvo solo, aunque ahora además ya no tenía compañía, pero decía, no a otros sino a él mismo, decíase entonces, que una vez se había enamorado y aunque su amor había sido inolvidable, ya no lo recordaba bien. Si, su amor, había sido una mujer, se preciaba de ser heterosexual, una mujer más joven que él, más joven cuando él era aún joven y bella, sin recordar cuan bella, pero bella, como son bellas todas las mujeres miradas en la distancia, en la distancia espacial o en la distancia del deseo intenso. El intenso deseo modela los cuerpos y confiere a la cintura grácilidad y a los senos turgencia, a los ojos miradas seductoras y a las bocas humedad libidinosa.
Ya no sabía de tactar turgencias, ya no sabía de recordar humedades, ya no tenían sus ojos el brillo de las miradas deseosas, pero si, perdida en su cerebro, deambulaba de un hemisferio a otro, la idea de que había estado enamorado.
Muchacha grácil, de la época en que las mujeres usaban polleras, polleras que cubrían rodillas que a veces descubríanse, atrayendo inevitablemente las miradas, miradas preparadas para todo lo que estaba velado o levemente insinuado, como esa línea sutil que en el escote marca la no existencia de un valle entre los volúmenes desafiantes.
Lo terrible es que ahora, aunque no lo recordara bien, tenía la certeza de que había estado enamorado pero entonces, cuando, según su endeble recuerdo certero, lo estaba, lo ignoraba.
Sentado, en esa silla a la que le entregaba horas, frente a esa ventana a través de la cual veía correr el mundo, miraba sin mirar el tránsito que pasaba, envuelto en ese murmullo sordo de la ciudad, que a veces se quebraba por la estridencia de alguien que impaciente quería apurar el seguir hacia cualquier lado.
La parada del colectivo, punto de encuentro de solitarios que compartían una espera, estaba en la vereda de enfrente. Allí llegaban muchachas jóvenes, a las que miraba sin mayor interés pero que le provocaban el tintinear del recuerdo de aquella vez que había estado enamorado.