Subió al ómnibus con sus monedas en la mano, se acercó a la máquina expendedora de boletos, las introdujo, esperó el vuelto y el ticket correspondiente, no hay caso, no sólo han quitado al guarda, que daba los boletos, sino que le han quitado el color a los mismos boletos, ni siquiera dan ganas de sacar un capicúa.
Se sentó, en esos asientos estrechos de plástico duro, frío e incómodo, creado para monjes orientales ascetas, no para latinos algo exuberantes. Sin nada que hacer, más que esperar, acompañando el lento andar del bus, miró al resto de los pasajeros, no a todos sino a los que entraban en todo su campo visual, sin mover más que los ojos y apenas levemente girando su cuello, ningún detalle importante a atender, lo de costumbre, alguien masticando un chicle, otro con auriculares y vaya a saber que melodía inundándolo, unas lindas piernas con señorita joven de propietaria, en otros tiempos hubiera pensado adonde llevarían esas piernas a su propietaria, si harían feliz a su dueña, si su dueña sería feliz con su utilización, hoy no estaba para notas viajeras ni eróticas, menos para detenerse en señoritas jóvenes que ponían muy en claro su no tan juvenil mirada, llevado por no tener otro remedio, giró su cabeza y miró hacia afuera, las ventanillas son las que convierten en pecera ambulante al colectivo, y en peces que sin abrir la boca intermitente, miran a su través, a los pasajeros. Tampoco nada trascendente, lo de costumbre, tránsito abigarrado, peatones molestos o apurados por las veredas, vidrieras ofreciendo mercaderías, lo propio de una urbe que muestra lo que los humanos han hecho con su vida y al planeta.
¿Cuánto faltaba? Pensó. Allí advirtió que si bien se refería a cuánto del trayecto y ello pudiera traducirse en metros o en minutos también pensó en su vida y así la pregunta se volvía más inquietante ¿Cuánto le faltaba?
Era mejor seguir en situación de pasajero concreto de bus urbano, que en sujeto humano realizando el milagro de la vida en el universo. Al fin, si bien quien no pregunta no se entera, también quien sabe esquivar el preguntar, puede evitar la terrible realidad de no encontrar respuesta. Para ello, como es imposible no preguntar, las preguntas deben ser dirigidas a lo que ya se sabe. Uno siempre sabe adónde va, si se trata de hacer un trámite o de cumplir con algo propuesto, uno es un sabio de sus pequeñas intrascendencias, de sus lugares comunes. Uno conoce casi todos los para qué, o los puede llegar a averiguar, entonces a entretenerse con ellos y dejar de lado los por qué.
Advirtió que tenía que bajar, al fin el trayecto no había sido tan largo, el tiempo ya había pasado, el masticador de chicle ya había bajado, continuaba con su musiquita el de los auriculares y las piernas de la señorita seguían, una cerca de la otra esperando la oportunidad de abrirse a otras inquietudes, siempre hay lugar para la esperanza, todo continúa, hasta el colectivo, al que vio, ya en la vereda en la que se encontraba, proseguir su recorrido.
El colectivo 39, es un medio de transporte urbano que va desde La Boca a La Chacarita, quien no se quiera enterar, no le dará a esto importancia pero no parece ser casual. La Boca, si bien referido a la boca del Riachuelo alude contundentemente al comienzo. No es difícil decir que insinúa, no demasiado sutilmente a un porteño, la Chacarita.

16 Octubre 2009 a las 9:10 PM
Lastima que el punto msrcó el fin del trayecto, porque no quería bajarme aún.
Saludos.