Diálogos no platónicos.

–  Ay Pepe, que de problemas se hace al pepe, me parece que en serio es un pepe pepe lopo tupu dopo.

– ¿Creés eso? Puede ser, me duele la tasa media de tolerancia a la injusticia, en todas las capas de la sociedad, que solamente se horrorizan cuando se llega a la muerte. Un pibe mata y parece ser que la solución es salir a matar pibes. ¡El que mata debe morir!

–  No exagere Pepe, ¿quién dijo eso?

–  Tantos que es innecesario repetirlo “googlea” y entérate.

“Basta con los menores. Y el que mata tiene que morir. Un tipo que mata tiene que morir. Acá no hay respeto para nadie. Y los menores salen mañana, no hay cárceles, no hay nada”

– Pero habrá sido un momento de rabia.

– Seguramente, eso lo explica y lo atenúa, pero no deja de ser, lamentablemente, una afirmación compartida por muchas personas que no van a las “causas” del problema. Fijate al contrario, cuantos ahora han saltado por el “derecho a la intimidad”.

–  ¿Y eso que tiene que ver?

–  Es que tiene que ver con lo mismo, con la formación de la personalidad, o vos  crees que la personalidad ya está formada en el repollo del que nace el niño.

¿Vos creés que la intimidad, como instancia psíquica no depende de las circunstancias en que el niño se desarrolla?

¿Vos crees que la inclinación a conductas antisociales, no tiene relación con las circunstancias sociales en que el niño se desarrolla?

Entonces, sin que hagamos un tratado de psicología, identidad e intimidad en los seres humanos son conceptos que implican múltiples variables, que de no ser consideradas no nos permitirán entender nada y allí si vienen los ingenuos que sin preocuparse por las causas, ignorando los motivos, apelan a soluciones simplistas, creen que la ley es la que hace a las personas y no las personas, desde los lugares que ocupan en la sociedad, a las leyes, para manterner ciertas formas, el statu quo. ¿Ves, ya me puse solemne? Mejor te la sigo otro día, voy a leer los diarios, ver como sigue los que quieren bajar las edades de imputabilidad y también horrorizarse ante la compulsividad de otras leyes.

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